lunes, 22 de mayo de 2017

DOMINGO DE PIÑATA.


           Hace unos días me enteré, casi por casualidad, que el julio pasado resulté finalista del Concurso Internacional de Relatos Policíacos de la Semana Negra de Gijón. 

           A pesar del tiempo transcurrido desde el fallo del jurado y la publicación del relato en A Quemarropa -periódico oficial del festival-, ahora lo comparto en esta página sintiéndome muy contento por la noticia a pesar del tiempo transcurrido desde que se celebrara el último festival.

           Se titula Domingo de piñata y transcurre en la ciudad de Cádiz. Lo podéis leer en la página cinco del enlace de abajo, o directamente en esta página, al final de esta entrada


http://www.semananegra.org/2016/aquemarropa-2016-pdfs/AQ8-2016.pdf






DOMINGO DE PIÑATA


El sábado de carnaval siempre es una jornada con alta carga de trabajo en Cádiz. Muchos avisos, cuantiosas peleas, intoxicaciones etílicas y alguna que otra actuación al límite, entre el mar y el malecón del paseo, por culpa de las drogas y la inconsciencia. Lo que a todas vistas es una ciudad reducida, tranquila y apacible comienza a convertirse en una olla a presión la tarde del sábado, cuando centenares de autobuses y trenes abren sus puertas para descargar a miles de jóvenes disfrazados, cargados con bolsas repletas de botellas de alcohol y otras sustancias más psicotrópicas. Vienen decididos a vivir una intensa noche rodeada de alcohol y desenfreno, escudándose en celebrar uno de los carnavales más importantes del país. De eso verán poco, debido a sus excesos los vecinos y carnavaleros hace años que prefirieron retrasar el desfile callejero hasta el mediodía del domingo, cuando los jóvenes que revientan la plaza de la catedral, y alrededores, untándola de orín y botellas rotas deciden irse a dormir la borrachera, o abarrotan las estaciones buscando volver a sus casas.

La comisaría central, situada en una amplia avenida de la parte nueva de la ciudad, bullía de agentes llegados de algunas localidades cercanas para servir de apoyo durante el primer fin de semana de fiestas. Algunos ya veteranos actúan como cicerones con los que debutaban, algo perdidos en el dispositivo. Mientras, los jefes emitían órdenes estrictas y organizaban los grupos de actuación para las próximas veinticuatro horas. En mitad de todo el jaleo se abrieron paso un grupo de policías con caras serias, acababan de salir del despacho del comisario Soto y se dirigían hacía las escaleras que daban a la puerta principal, sobre la avenida.

Segundos después, tres furgones de la Unidad de Intervención Policial con las prioritarias encendidas se lanzaban por la avenida, casi paralizándola y llamando la atención de los viandantes que por ella se movían a esa hora. A nadie le sorprendería ver ese dispositivo camino del pregón que daba comienzo a las fiestas, y que sería seguido por un macro botellón, pero si lo hacía que se dirigiesen hacia el sur. La comitiva la cerraba un coche oscuro tocado con un estridente y llamativo rotativo azul. En su interior tres hombres y una mujer, todos ellos de paisano.

            La caravana policial cruzó abruptamente la avenida haciendo frenar de repente a los múltiples coches y autobuses que en ese momento se dirigían al centro, para después saltarse varios semáforos y tomar algunas calles en dirección contraria, esquivando coches que, viendo la envergadura de los furgones, frenaban y se apartaban de su trayectoria facilitándoles las maniobras. Pronto enfrentaron la larga avenida Lacave en dirección al Cerro del Moro. El barrio, había mejorado en los últimos años tras el soterramiento del tren y su incorporación a la ciudad, aunque sigue teniendo ese ambiente marginal, que sin ser peligroso no deja de ser inquietante a según qué horas. Tal vez por los recuerdos de los viejos tiempos, cuando el lugar era prácticamente inexpugnable para la policía, sirviendo como escondite para los mayores camellos de la ciudad, e incluso como guarida para varios miembros del GRAPO durante los años del plomo.

            El grupo de tres furgones del UIP se paró esperando a que un compañero apartara la cinta de balizamiento que cortaba el tráfico. Algunos jóvenes del barrio, sentados en los destartalados bancos de la plaza, observaban desde hacía rato el enorme despliegue policial. Mientras tanto, abrían unas litronas y liaban los primeros canutos de la tarde. Los vecinos comenzaban a dejarse ver entre las sombras de balcones y ventanas, respondiendo con movimientos retráctiles a las miradas de la policía.  El coche que cerraba la escena no entró en la zona señalizada, deteniéndose justo ante la cinta que marcaba la línea de seguridad. De su interior descendió el inspector Bustos, un tipo cincuentón, bien vestido, pelo blanco y cuerpo espigado.

Miró a su alrededor mientras avanzaba, dándose cuenta de que el barrio seguía sin despegar. A su izquierda, seguía el enorme descampado lleno de vegetación y escombros donde estaba programado levantar el nuevo hospital de la ciudad. Un hospital que seguramente nunca se llegará a construir, y que si finalmente se erigiera ya sería viejo y pequeño para las necesidades de la zona. A su derecha, junto al centro de la escena, un bloque de pisos pintados de blanco sin ningún atractivo, se mostraba con todas las ventanas y puertas tapiadas con ladrillos de cara vista. Cuando Bustos se encontraba a escasos pasos del cierre metálico a medio abrir de un ultramarinos, escuchó el tabletear del helicóptero de la policía que vigilaba la zona después del aviso, moviendo el aire cercano y llevando hasta él un golpe de viento espeso y dulzón. Tras Bustos caminaban el resto de ocupantes del coche, tres policías de paisano que comenzaban a colocarse el chaleco negro y amarillo, sobre el que podía leerse en letras azules el nombre del cuerpo de seguridad del estado al que pertenecen. Dos de ellos se acercarán hasta diferentes puntos de la calle donde había otros compañeros. La tercera, una mujer joven, morena, de rasgos árabes, se acerca a la puerta del negocio, donde un compañero ya está informando a su jefe de cómo se encontraba la situación.

            ─Acaban de detener al Martinete. Le comentó el inspector Bustos cuando la chica llegó a su altura.

            Ella sonrió ampliamente como toda respuesta. Mientras tanto el compañero siguió explicándose ya para los dos policías. El Martinete era un tipo peligroso, que a pesar de haber sido sorprendido en su casa después del soplo de un vecino había presentado mucha resistencia. Cuando le detuvieron tenía en su poder varias escopetas de caza y un revolver Astra 250, que no había dudado en usar hasta descargarle las cinco balas del 38 especial. A pesar de ser un arma poco peligrosa desde larga distancia, había herido a un compañero. De ahí el revuelo montado y la necesidad de avisar a todas las unidades disponibles a esas horas. El Martinete era un viejo conocido del inspector Bustos, detenido en varias ocasiones por narcotráfico, trata de blancas, proxenetismo y extorsión. Un tipo detestable que sin embargo nunca pasaba más de un par de días entre rejas, siempre había alguien que le debía un favor, y el Martinete se bautizaba con padrinos de primera.

También venía de antiguo el odio que sobre él procesaba la agente que ahora estaba junto a Bustos. Djamila, Tangerina de nacimiento, fue secuestrada cuando volvía del colegio. Esa misma noche fue sacada ilegalmente de su país para ser explotada sexualmente en un club de Chiclana. Tenía quince años. Un mes después del secuestro y tras ser brutalmente golpeada, fue llevada al club de carretera por dos matones, allí le esperaba el dueño del club, un tipo con la cara marcada por pústulas y una cicatriz en el pómulo derecho. Cuando los dejaron a solas lo primero que notó Djamila fue un fuerte olor a sudor y whisky, después el fuerte manotazo que la tiró al suelo, y la salvaje violación que solo sería la primera de muchas más, siempre llevadas a cabo por el mismo tipo. Intentaba escarmentarla, imponerle una dura corrección cuando ella se negaba a hacer caso a lo que los matones del antro le ordenaban, o cuando intentaba irse de la lengua con algún cliente. El jefe del club, el más conocido de la comarca, no era otro que el Martinete.

Por ello cuando la semana anterior en una pedanía del Campo de Gibraltar, un tipo con la cara llena de pústulas y una enorme cicatriz había violado, e intentado secuestrar, a una niña marroquí habían saltado todas las alarmas. Inmediatamente sonó el teléfono de la comisaria de Cádiz. Ellos habían sido los últimos en detener varios años atrás al Martinete, del cual no se había vuelto a saber nada. Mientras el comisario le hablaba, el inspector Bustos mudaba el gesto, recordaba perfectamente aquel día. Hacía meses que seguían a los matones del Martinete por haber dado varias palizas a empresarios de la noche gaditana. Todos suponían que era debido a un asunto de drogas, pero cuando consiguieron la orden del juez y asaltaron el club de Chiclana donde suponían guardaban la mercancía, se encontraron con un negocio muy diferente. Así fue como la brigada encabezada por Bustos liberó del cautiverio sexual a Djamila y a otras chicas que habían corrido su misma suerte.

Djamila pasó a los servicios sociales y después de muchos trámites burocráticos y con el apoyo de varias organizaciones no gubernamentales consiguió salir adelante. Fue creciendo y siguió con su formación en Cádiz. A menudo viajaba a Tánger para visitar a su madre, que no quiso que después de lo sucedido su hija volviera a instalarse allí. Al terminar sus estudios decidió que sería policía, e ingresó en la academia. Durante el tiempo trascurrido desde su liberaron de las garras de la red de trata, hasta que finalizó su instrucción en la academia, Djamila estuvo muy apoyada por todos los miembros de la comisaría de Cádiz, sobre todo por el inspector Bustos que nunca había tenido hijos y la consideraba como su ahijada. Al menos así la trataba cuando ella acudía a su llamada para realizar labores de traducción con inmigrantes asustados, o menores rifeños cazados con hachís en la costa de Barbate.

Con estos antecedentes no fue difícil que tras unas llamadas telefónicas y el cobro de unos viejos favores, el comisario Soto consiguiera que la joven fuera destinada a la comisaria de Cádiz, donde formaría parte de la brigada del Inspector Bustos. Fue entonces cuando la joven decidió instalarse en la ciudad y traerse a su madre desde Tánger. Djamila, había aprendido todo lo que sabía sobre el cuerpo gracias a Bustos, y al igual que él, ella tampoco tenía una fe ciega en la justicia. Se negaba a que en la mayor parte de los casos los delincuentes estuvieran más protegido que las víctimas, que éstas tuvieran que vivir con la carga de lo vivido de por vida, mientras ellos después de cumplir unas penas escasas volvían a la calle.

─Los padres de la niña están aquí ─dijo Djamila apuntando con el mentón hacia un lateral de la calle─. No sé cómo se han enterado tan rápido.

─La madre que me… ─el inspector ahogó una maldición.

 Sabía que desde hace unos días los padres de la niña estaban en Cádiz en casa de unos familiares, y que el padre había jurado vengarse. Pero el inspector no esperaba verlos allí tan pronto.

─Hay otra cosa más ─añadió Djamila casi con miedo a la reacción de su jefe─. Los hermanos del padre están viniendo desde Algeciras. Frecuentan una carnicería Halal y según tengo entendido son unas auténticas fieras desollando corderos.

El resoplido de ira del inspector se escuchó en toda la zona. Djamila decidió tranquilizarlo. Le prometió que hablaría con ellos, y que no volvería a comisaría hasta que no hubiera convencido al padre, y al resto de la familia, de que dejaran trabajar a la brigada.

La semana pasó tranquila. Ningún abogado preguntó por el Martinete, nadie llegó hecho una fiera pidiendo su inmediata liberación. Era como si todos sus antiguos padrinos se hubieran cansado de salvarle el culo una y otra vez. Entre tanto el Martinete pasaba las horas a la sombra, defendido por un joven abogado de oficio y sin abrir la boca en los interrogatorios.

El viernes siguiente fue llevado a la Audiencia Provincial, pasó varias horas en su interior y a su salida los policías que lo custodiaban fueron duramente asaltados por un par de tipos encapuchados. Lograron aturdirlos lo suficiente para liberar al preso de sus manos, y meterlo a empujones en un coche de alta cilindrada. Los agentes ya repuestos tiraron de arma reglamentaria, pero ante la imposibilidad de acertar a un blanco que se difuminaba en el horizonte, y viendo que la calle estaba altamente concurrida decidieron no abrir fuego. «Al menos eso lo han hecho bien», gritó el comisario al enterarse de lo sucedido.

El segundo sábado de carnaval volvía a ser un fin de semana movido en la ciudad, la asistencia de personas era mucho menor que la del fin de semana anterior, pero de todas maneras el flujo de gente poco o nada conocida para los habituales era alto. También lo era el de avisos por peleas, sobre todo en torno a la carpa-discoteca que el ayuntamiento solía colocar en el puerto. En la comisaría todos estaban deseando que pasaran las últimas veinticuatro horas, que con el Domingo de Piñata se cerraran las fiestas hasta el año siguiente. La mañana del domingo el comisario estaba agotado, no había pegado ojo en toda la noche por culpa de las chirigotas callejeras que cantaban bajo su ventana. Frente a él el inspector Bustos y Djamila charlaban de la extraña y fulminante desaparición del Martinete. La agente sacó de sus vaqueros un paquete de American Legend y se colocó un cigarro en los labios, pero ante la mirada inquisitiva del comisario decidió dejarlo ahí, sin encender. Aún mantenía éste la mirada de reproche sobre su agente cuando sonó el teléfono que tenía a su derecha. Al otro lado del hilo telefónico, los del Centro Operativo de Servicios de la comandancia de la Guardia Civil le aseguraban haber dado con el Martinete.

─Tenéis trabajo ─dijo al colgar el teléfono─. Ese cabrón ha aparecido.

En cuanto salieron del despacho Djamila encendió el cigarro gibraltareño. Nadie pronunció palabra hasta media hora después, cuando el coche se detuvo en medio de una zona de caños salineros conocida como los Polvorines de Fadricas. Una antigua zona abandonada junto a Punta Cantera, en San Fernando. Allí les esperaba un cabo de la Guardia Civil que les llevó hasta el lugar donde ya trabajaban los de la científica. Del edificio, que algún día hizo las veces de Santa Bárbara, salió un tipo con barba canosa y mirada turbia que se identificó como el forense.

─El cuerpo, o lo que quedaba de él ─les dijo a modo de saludo─, está totalmente descuartizado. La cabeza embarrada, aunque con la cicatriz del pómulo bien visible. Presenta grandes moratones en las sienes, y unos cuajarones de sangre seca le taponan los orificios de la nariz y la boca.

A la pregunta del inspector Bustos sobre la posible hora de la muerte, el viejo forense le confesó que él creía que podía llevar muerto unas cuarenta y ocho horas. Pero según estaba el cuerpo cualquiera sabía.
─Un par de horas después de la fuga ─calculó Bustos.

─Sí, un par de horas después ─sostuvo el forense─, aunque visto lo visto más que una fuga parece un trampa. Lo han despedazado como a un ternero. Sólo les ha faltado empaquetarlo.

─Sí, una trampa. Puede que fuera eso ─sopesa Bustos.

Lo dice pensativo, como con la cabeza en otro lugar, mirando a Djamila. Mientras ésta, apoyada en el marco de la puerta enciende otro cigarrillo de contrabando. 

lunes, 13 de febrero de 2017

EL BOLSO DE CUERO NEGRO


El escándalo que se montó fue de órdago, sobre todo cuando la anciana, al verse interceptada por los dos fornidos hombres uniformados de la puerta del almacén, se lanzó al suelo enmoquetado de la entrada y comenzó a gritar. Los ojos se le tornaron opacos y la taquicardia se fue apoderando de su pecho. Un ataque de ansiedad de manual, confirmó el empleado de seguridad cuando avisó por el interfono a su superior.

            Las cámaras de seguridad del local habían registrados todos sus pasos desde que media hora antes entrara por la puerta. La pareja de guardias de seguridad que estaban en su primera semana de trabajo no salía de su asombro, la mujer se movía por el local con total libertad, cogiendo lo que le interesaba y guardándolo después con naturalidad en su bolso. Como si lo hubiera hecho decenas de veces.

Cuando la mujer acabó de recorrer todos los pasillos se dirigió hacia la puerta por la que había entrado, la misma en la que ahora se encontraban los dos guardias de seguridad que habían seguido toda su actuación por las cámaras de vigilancia repartidas por el enorme centro comercial. El arco antirrobo pitó estrepitosamente, todo el mundo se giró, clavando la mirada sobre la anciana y los enormes vigilantes que educadamente se acercaron a la mujer, pidiéndole, casi sintiendo vergüenza ajena, que por favor les enseñara el interior del enorme bolso de cuero negro.

            Ella los miró sorprendida, casi desconcertada. Cuando parecía haber asumido que no tenía escapatoria su rostro se volvió turbio y atormentado, después se dejó caer sobre el suelo, cortando el tránsito a los clientes que entraban y salían en ese momento, y dejando a los hombres de seguridad confusos, sin saber muy bien cómo actuar ante esa situación. Fue entonces cuando uno de ellos se levantó, lanzándose rápidamente sobre el interfono.

            El jefe de seguridad llegó en apenas unos segundos, la voz del hombre que le había narrado la situación no parecía dar a entender que la emergencia estuviera bajo control ni mucho menos. Cuando llegó a la entrada, un pequeño grupo de personas se arremolinaba ante la mujer y los dos empleados. Incluso alguno de los trabajadores del local habían dejado su puesto para observar desde cerca la escena.

            Cuando el jefe de seguridad consiguió abrirse camino entre la muchedumbre vio que la señora seguía sentada en el suelo enmoquetado, aunque pudo observar con satisfacción, y para su tranquilidad, que el griterío y el ataque de ansiedad se habían diluido por completo. A su lado estaban arrodillados los dos empleados, junto al bolso de cuero negro que, abierto, dejaba a la vista varios discos compactos de música precintados y un par de libros encuadernados en rústica. Al reconocer la cara de la señora el jefe de seguridad ordenó a sus subordinados que la ayudaran a levantarse y la dejaran marcharse de inmediato. Ante la incredulidad de los vigilantes, su jefe, recogió el bolso de la anciana y lo cerró con los objetos sustraídos dentro. Se lo ofreció a la mujer y acto seguido se disculpó acompañándola hasta la puerta de salida.

            Cuando el círculo de gente curiosa desapareció el jefe de seguridad se acercó a sus subordinados. Intentando pasar desapercibido les señaló a un hombre de avanzada edad, que había observado toda la escena desde lejos, y al cual se le había dibujado una mueca de descomposición en la cara tras observar la embarazosa situación que se había desplegado ante su mirada.

Mientras el jefe de seguridad lo señalaba cauteloso, para que sus empleados pudieran reconocerlo, el hombre se dirigía sin ningún producto en sus manos a una de las cajas. Sacó un par de billetes y pagó lo que la mujer se había llevado en el interior del bolso. El joven de la caja, cobraba sin inmutarse ante las caras de estupefacción de los jóvenes vigilantes que se estrenaban esos días en aquellos grandes almacenes. Cuando el cajero terminó su tarea se despidió cortésmente del hombre llamándolo por su nombre de pila. El anciano murmuro un gracias casi ineludible. Lleno de pesar.

 Siempre hace lo mismo, les comentó el jefe de seguridad, la sigue allá a donde va, y después abona en caja lo que la mujer se lleva sin pagar, pensando que nadie la ve, que nadie se entera. Lo hace por amor, sin decirla nada después, sin llamar su atención para no avergonzarla ante la multitud. Ella no puede evitarlo, el impulso de llevarse cualquier objeto, sea cual sea su valor, o importancia, es más fuerte que su propia existencia.

Está enferma confirma el anciano al pasar junto a los tres tipos que siguen en pie junto a la puerta del establecimiento. Es cleptómana, pero no tiene maldad, añade. Cuando se ve sorprendida se comporta como lo ha hecho hace un rato, se apodera de ella un fuerte ataque de nervios y se deprime. Por eso, desde que me jubilé, para evitarle disgustos y depresiones que la hunden en la mayor de las congojas la sigo siempre que sale de casa con su bolso de cuero negro. El de salir a la compra.





            

jueves, 26 de enero de 2017

SOBRE TÉRMINOS A LA MODA E INFORMES COMPROMETEDORES


A lo largo de la historia ha habido palabras que han pasado del más oscuro de los desconocimientos a ser utilizadas por todos los miembros de la sociedad, desde las redacciones de los medios de comunicación hasta las barras de los bares, pasando por las conversaciones de las mesas donde se llevan a cabo las comidas familiares. Nadie queda fuera del rango de perturbación de la palabrita de turno. Entre otras cosas, porque los medios de comunicación las repiten hasta la saciedad como si acabasen de descubrir la madre de todas las palabras. El término de los términos.  

Seguro que les vienen a la cabeza muchas de ellas, la mayoría en idiomas extranjeros, que después de exprimirlas al máximo, como si de un pomelo se tratase, vuelven a caer en la más amplia de las ignorancias. Como si de tanto repetirlas hubieran dejado de tener sentido, o tal vez por eso mismo, y que son reemplazadas inmediatamente por otras nuevas que pronto dejarán de estar a la moda. La moda, la tecnología, la cultura y sobretodo el esnobismo son las víctimas más propicias para llevar a cabo este colonialismo en la terminología. Pero será el mundo de la política, aunque no lo parezca, el que más términos extranjeros trasladará a nuestro día a día. Además, estos serán los que más se internen en la vida cotidiana de los ciudadanos. Según parece, y a la vista de cómo avanzan las noticias que llegan desde los servicios secretos rusos y norteamericanos, se avecina la llegada sin remisión a nuestras vidas de una nueva y flamante palabra. Un término que pronto nos taladrará la cabeza y los oídos desde primera hora de la mañana hasta los últimos informativos del día.

Pongamos unos leves ejemplos de lo anteriormente mencionado. En España, durante las últimas e interminables campañas electorales saltó a la palestra el término sorpasso. Parece algo extraño, pero no era más que hablar de un adelantamiento en las encuestas o resultados electorales, eso sí, en italiano, que así parece que dice más y además hace ver que dominamos idiomas. Después, apareció en todos los programas de noticias y editoriales periodísticos el término impeachment, que a pesar de que suena a noqueo pugilístico no es más que un término del derecho anglosajón, mediante el cual se puede procesar a un alto cargo político, y que podría traducirse como un proceso de destrucción. Lo hemos tenido hasta en la sopa con el caso brasileño de Dilma Rousseff, la que tras ser ampliamente acusada de corrupción por la oposición tuvo que enfrentarse a una moción de confianza que perdió, finalizando ahí su carrera política. Sin embargo, es curioso, que los países que más abusamos con la repetición del término, a la hora de la verdad, a la hora de aplicarla a nuestros políticos, nos difuminamos en la más amplia de las desidias y desganas. Singularidades del lenguaje y de la hipocresía.

Más antiguo, y utilizado por la sociedad y los medios de comunicación en los últimos tiempos, es el término escrache o escrachar, que a pesar de proceder del occitano se hizo famoso en Argentina. Lo vimos, y utilizamos, en todo su esplendor durante los años 2001 y 2002 tras el estallido del Corralito económico argentino, cuando los ciudadanos argentinos persiguieron a políticos y banqueros allá por donde se movían para escracharlos con los múltiples cacerolazos ─otro interesante término que descubrimos por entonces─, y que ahora se aplica a cualquier protesta realizada con más o menos atino en la vía pública.

Los anteriores son solo unos ejemplos de la pesadez lingüística de los medios de comunicación que, como un perro hambriento, cuando dan con un hueso no paran hasta que lo convierten en polvo o hasta que se cansan de él. Lo que ocurra antes. Lo que si queda claro es que cuando sueltan y dejan ir al término, éste ha quedado totalmente desmitificado y resultará inservible para referirse a cualquier otro caso por parecido al original que éste sea.

Como les comentaba antes, según avanzan las últimas noticias en torno a la llegada del nuevo presidente y administración al gobierno de los Estados Unidos, comienza a escucharse el eco de una nueva palabrucha que, muchos ya suponen, muy pronto va a convertirse en el karma más repetido por todas las agencias de noticias del globo terráqueo. En este caso, el término procede del ruso y se podría traducir literalmente como un informe comprometedor: Kompromat en el original. La palabra de marras vendría a ser algo así, poniéndonos más quisquillosos con la acepción, como el término utilizado para describir los materiales comprometedores sobre un político o figura pública. Estos materiales pueden ser utilizados para crear sobre la persona señalada una publicidad negativa, un chantaje o para asegurarse su lealtad inquebrantable. Si el Kompromat existe, o es ficticio, es otro tema, pero sus efectos suelen ser los mismos. Como todo en esta vida ya lleva mucho tiempo inventado, no es obra de los nuevos poderes rusos ni mundiales, sino que era una táctica utilizada por todos los servicios secretos del pasado siglo. Particularmente útil para el KGB de la época soviética, que se servía de ella para apretarles las tuercas a ciertos personajes políticos o económicos que no querían plegarse a sus intenciones.

Muchos piensan que la supuesta amistad, impostada o no, entre Trump y Putin tiene mucho que ver con esto. Aunque históricamente los juegos de poder y dinero hacen extraños compañeros de cama, estos dos chirrían demasiado hasta para muchos de los propios compromisarios que le han dado el poder a Donald Trump. La pasada semana varios medios de información estadounidense confirmaban la existencia de un dosier compuesto por más de treinta páginas donde, parece ser, se detallan diferentes informaciones presentadas como comprometedoras para el nuevo presidente de los Estados Unidos, y que figuran en poder de los servicios secretos del Kremlin y de su líder jamesboniano Vladimir Putin. Entre ellas, según las informaciones que corren por despachos y agencias norteamericanas, se habla de la existencia de un video de carácter sexual filmado clandestinamente por los servicios rusos durante una visita de Trump a Moscú en el año 2013. Parece que los próximos años pueden ponerse cuesta arriba para el presidente Trump si esto es cierto, pues los servicios secretos rusos cuentan con una buena pieza que querrán cobrarse, en cuanto su víctima se salga de su carril de confianza, o en el momento en que la amistad con Moscú pierda la fuerza y confianza con la que cuenta ahora mismo.


Solo el tiempo dirá si el término Kompromat pasará a la historia siendo tan conocido para la sociedad como lo es a día de hoy el Watergate del presidente Richard Nixon.

jueves, 19 de enero de 2017

MUERTOS POR LA INDIFERENCIA


       El tiempo pasa para todos, pero corre cuando se trata de olvidarnos de las barbaridades humanitarias que en algún momento de nuestra vida nos hizo rasgarnos las vestiduras y lanzar el grito al cielo de las redes sociales. Parece que fue hace un siglo, pero tan solo han pasado unos meses desde que nos despertásemos con la imagen del niño sirio ahogado en las aguas del mar Egeo. Pero pasó el verano, y el tiempo acabó mandando al saco de los lejanos recuerdos la indignación de aquellas imágenes trágicas, que representan como ninguna el devenir funesto de la hipócrita sociedad que hemos construido poco a poco y entre todos. Todos, sin excepción, ya sea por obra o por omisión como recitan las plegarias milenarias de la rancia retórica del cristianismo. Mejor perseguir al pecador que ayudar al necesitado.

            Nuestro liviano sentido de la moral que nos permite indignarnos al ver el cuerpo de un niño ahogado en las costas turcas, o la imagen de un pequeño que acaba de escapar de un bombardeo por los pelos, se vuelve desidia al ver a los refugiados adultos durmiendo a la intemperie en los campos de refugiados de Lesbos o en el interior de los destartalados almacenes de Belgrado, a punto de morir por congelación. La Unión Europea, como siempre, junta a sus representantes para discutir qué hacer, o cómo, con la situación que desde hace meses viven estas personas en territorio europeo, y siempre llegan a la misma conclusión, a la misma decisión. Ninguna. El gobierno de la Unión Europea no fuerza la máquina para solucionar la emergencia humanitaria, la amenaza de muerte inminente, real, y no lo hace porque los gobiernos de los países miembros no quieren forzarla. No se atreven por una simple razón, todos tienen miedo a que puedan dar un paso adelante, comprometerse con una u otra posición ante la crisis de los refugiados y que después los votantes se lo hagan pagar en las urnas. Por poder ─y dinero─ baila el perro. Eso es lo único que les importa a nuestros queridos políticos. La solución de los problemas ya se lo dejan a los demás, que ellos, parece ser, no fueron elegidos para eso.

Lo que ya se ha convertido en el mayor problema humanitario del siglo XXI y que nos retrata como lo que realmente somos, no es más que un anexo a las crisis humanitarias ocurridas en Europa durante el siglo anterior. Desde la guerra de España en el Rif hasta las últimas masacres de los Balcanes, pasando por dos guerras mundiales, los genocidios de judíos, armenios o la limpieza étnica de Srebrenica. Para poner coto y solución a todas estas barbaridades obra del ser humano ─no lo olvidemos nunca. La culpa siempre es nuestra─ nació la Organización de las Naciones Unidas, la mayor casa de putas de la historia hasta el momento. Que está ahí para observar y después no hacer nada. Y sino, vean la exitosa labor de Javier Solana durante la guerra de los Balcanes.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos explica claramente que si alguien omite el deber de socorro está cometiendo, además de una inmoralidad, un delito. Nuestros gobiernos llegan tarde a todos los sitios y en todas las épocas. Las decenas de miles de refugiados llegaron en verano, parece mentira que no se hayan tomado medidas antes. Es como si los encargados de poner freno a la desidia, al sufrimiento de estas personas que huyen de una guerra que los mismos gobiernos han fomentado, no supieran que después del verano llega el otoño y después el invierno. Gélido y desapacible.

Estamos asistiendo a la consecuencia de la pésima gestión, no humanitaria, de la Unión Europea hacia las personas que huyen de una guerra para morir congelados en mitad de un territorio hostil que creyeron amigo. Insensibilizados ante el dolor de los demás, sobre todo cuando los demás son pobres. Una actuación muy merecedora de aquel premio Nobel de la Paz de 2012, con el que reconocieron la labor humanitaria de este grupo de tipejos y tipejas que manejan a su antojo los designios de todos los que caemos bajo su sombra.


Viéndolos ahí, huyendo de la guerra para morir congelados, solo puedo pensar en la playa de Argelès-sur-Mer, al sur de Francia, donde en febrero de 1939 fueron recluidos miles de refugiados españoles. Muchos murieron a causa del frío, de la falta de comida y de la neumonía en mitad de un invierno no tan duro en lo climatológico como el que estamos viviendo este año. Entre ellos se encontraba un tal Vicente Ferrer, que a la larga haría más por la humanidad que cualquier gobierno Europeo de antes y de ahora. Quien sabe qué figura irremplazable para mejorar el mundo puede estar ahora mismo ahí, malviviendo entre la nieve, sin ropa, sin comida y sin futuro. 

jueves, 5 de enero de 2017

AL FINAL SE ARMÓ EL BELÉN


La calle Belén es un lugar tranquilo, una de esas localizaciones simplonas en mitad de un barrio obrero. Sus alrededores bullían los días anteriores a la llegada de la Navidad, el mercado ofrecía sus mejores galas, y el pescado blanco y el cordero barato volaban de los puestos. Los percebes y las langostas no llegaban hasta esas recónditas calles. Tampoco nadie los esperaba.

En el número veinticinco de la calle Belén hacía un par de años que vivía una pareja joven. José, al que todos conocían como Jota el ebanista, y la Mari, una joven de menor edad que él,que los fines de semana trabajaba de dependienta en el Estrafalarius del barrio. Desde hacía unos meses los problemas se le acumulaban a la joven pareja, Jota había tenido menos cuidado del recomendable, y a la Mari le crecía el vientre a la misma velocidad que lo hacían sus deudas. Además, el trabajo en la ebanistería se había terminado después de que una multinacional sueca abriera una sucursal a las afueras del barrio, junto a la autovía del sur.

El asunto se había puesto feo, él sin trabajo y su chica a punto de perderlo, porque su jefe, que creía que la empatía era una enfermedad venérea, le había dicho que su bombo no incitaba al consumo de la juventud. Por lo que a final de mes le dio la paga y la patada. Noviembre se puso cuesta arriba, pero con los ahorros que tenían pagaron las deudas que les vencían en ese mes. Diciembre sería otro cantar. Así se lo hicieron saber a su casero, prometiéndole que en cuanto encontraran trabajo le pagarían los atrasos. El hombre, sencillo y cercano, les dijo que se tranquilizaran, que él se hacía cargo de la situación.

Como prometió se hizo cargo, y nada más salir del portal telefoneó a su cuñado, concejal de urbanismo del ayuntamiento y el que lo metió en lo de los fondos buitre. Otro tipo íntegro y comprometido, con sus acusaciones por prevaricación y tráfico de influencias como Dios manda. El casero parecía realmente preocupado por la situación de sus inquilinos. «Al paso que va la justicia en este país no los echo de aquí hasta que el niño sea doctor honoris causa», le dijo. Y éste, compungido, también se hizo cargo de la situación.

La mañana del día veinticuatro amaneció con todas las fuerzas del orden rodeando la casa del cuñado del concejal para desalojar a la joven pareja. Los vecinos, alborotados por el jaleo de un día medio festivo como aquel,se lanzaron a la calle para saber lo que ocurría. Al enterarse, comenzaron a increpar a los antidisturbios que llegaban, asegurando que Jota y la Mari eran buena gente que estaban pasando un bache económico. Los policías apretaban, y ellos los acusaban de querer montar el belén en un día señalado para tapar los decretos que el ayuntamiento estaba firmando a escondidas. «¡Sois unos vendidos!», gritaban. Los agentes echaban la culpa de aquello a Martín Herodes, el alcalde, que estaba cabreadísimo porque su concejal de urbanismo no hacía más que llamar preguntándole una y otra vez«¿Qué hay de lo mío? ¿Y de lo de mi cuñado?», y que así no había quién se concentrara en sus labores y no hacía más que perder dinero al póker.

Jota, que había salido a ver si alguien lo contrataba para la campaña de navidad, y de paso maquillaba las cifras del paro de cara a fin de año, se encontró a su vuelta con todo el revuelo. Al ver a la Mari asomada al balcón, mentándoles los muertos a los del casco y las porras, se puso delante del que parecía dar las órdenes para decirle que no tenía corazón, que él estaba para defender a la población y no para perseguirla. A lo que el agente contestó «No te pases de listo, que una cosa es una cosa, y otra muy distinta es andar sin necesidad tocándome los aparejos». Pero Jota se los siguió tocando, y minutos después estaba dentro de un furgón policial camino de la comisaría del distrito, donde un inspector con nietos le invitaría a café y le diría que de todo se sale.

Mientras tanto la Mari había sido sacada de la casa, y cargada con las cuatro cosas que tenía la pareja, se tambaleaba por la calle, soportando el dolor de las cada vez más frecuentes contracciones. Allí, sin avisar ni rellenar ningún formulario administrativo, la Mari rompió aguas. Los vecinos la metieron en un portal cercano, donde minutos después había alumbrado a su hijo Susi.

Al final del día todo parecía haberse tranquilizado y vuelto a su orden. En la calle Belén apenas quedaban transeúntes, pero lejos de allí, en el CIE del puerto, tres inmigrantes con ropa rara y cargados con unos cofres con olores fuertes, que les fueron requisados por si eran opiáceos o drogas blandas, intentaban convencer al tipo de la garita de que ellos no tenían que estar allí, sino en un portal llevando a cabo el trabajo por el que les habían hecho cruzar medio mundo. En vez de ser escuchados, aquella misma tarde fueron embarcados en un vuelo directo a Senegal, a pesar de que uno de ellos no dejaba de repetir que él era de Angola. En su lugar, el que apareció aquella tarde en la habitación del hospital donde la Mari achuchaba a su pequeño, fue un paje del alcalde que portaba una factura con todos los gastos ocasionados por el violento desalojo.

Pero como todas las historias de navidad acaban bien, ésta también lo hizo, al menos hasta que comience la cuesta de enero, y todos acabaron pasando la fría noche bajo techo. La madre y el niño en el hospital, el padre en la comisaría jugando al mus con el inspector, los tres subsaharianos en un avión de fabricación rusa, y el casero y su cuñado el concejal de urbanismo en uno de los reservados del puticlub Lolitas.