lunes, 31 de julio de 2017

EL CARGUERO SAN GABRIEL


           Los ciento cincuenta metros de eslora no parecían nada del otro mundo junto a la vieja estación de ferrocarril, pero aun así lo reconocí en el primer momento que lo vi. No me hizo falta acercarme mucho para disipar las dudas, aquel casco pintado en azul oscuro y la blancura de la superestructura donde se encontraba el puente de mando no podía ser de otro buque. De todos modos, evité no lanzar las campanas al vuelo hasta que pude leer el nombre pintado en letras blancas sobre el lado izquierdo del castillo de proa. Fue entonces cuando respiré aliviado. Sí, era él.

           El San Gabriel era un carguero con bandera caboverdiana, cosas de la vida, que hasta unos cuantos años atrás había llevado escrito otro nombre en la popa de espejo: Praia Doce. Aunque poco importaba ya a esas alturas.

            Hacía años que no paseaba por el puerto de Lisboa, entre las docas y las grúas amarillentas tiznadas de óxido que pronto acabaría con ellas. A pesar de ser un puerto de río, aquel lugar no tenía nada que envidiarle a ninguno de sus símiles marítimos, pues a esas alturas el río ya estaba a punto de convertirse en mar. La zona olía a salitre añejo y el agua era más salada que dulce. Por lo demás, aquel puerto contaba con todos los complementos necesarios para serlo: almacenes que apenas almacenan nada, redes secándose al sol, vertederos hediondos de miserias y restos de pescado podrido, cuerdas de amarras ásperas y desgastadas por el duro trabajo que reposan enrolladas al borde del agua como si fueran serpientes venenosas, marineros desempleados que rondaban por las fondas y oficinas buscando embarcarse en algún buque para llevar algún sustento a casa... Al anochecer frecuentaban el lugar putas que sin duda habían conocido tiempos mejores, pero que nunca se volvían a casa con los bolsillos vacíos. Además, en el de Lisboa había que sumar a una chusma poco frecuente en los demás puertos de la zona: los trileros, que aprovechan la cercanía con la vieja estación de Santa Apolonia para hacer el agosto con los turistas ingenuos, y sobre todo con los despistados, que comienzan sus vacaciones en la parte baja de Alfama.

            Hice varias preguntas por la zona, después de recibir miradas y respuestas cortas, pero suficientes, de los marineros que por allí me crucé, encaminé mis pasos hacia la parte más alejada del dique, sobrepasé la salida principal de la estación ferroviaria dejando a mi izquierda el monumento que algún gobierno, seguramente culpable de ello, había levantado a los emigrantes portugueses ─cada cual limpia su conciencia como buenamente puede, o le dejan─, y crucé la rúa Caminhos de ferro para entrar en O Farol.

El lugar era una tasca de mala muerte con apenas luz. En el interior había apenas media docena de parroquianos que bebían vino y aquel pringoso licor de ginja mientras charlaban sobre fútbol. Todos se giraron al verme entrar, pero enseguida perdí su atención y siguieron a lo suyo. Me acodé al principio de la barra, una de esas de metal, mate de recibir el roce de tantos codos, y pedí al camarero una botella de cerveza. La más fría que tuviera. El tipo que colocó ante mí una botella de Sagres ─siempre odié esa marca─ era un viejo conocido, aunque él no pareció reconocerme. Nuno, un cincuentón de poco más de un metro sesenta de altura, con prominente panza y un bigote negro que parecía pintado con un brochazo de brea. Siempre quiso ser banderillero, pero a lo máximo que llegó fue a ser el torilero suplente de la plaza de Campo Pequeno. Después, cosas de la vida, tuvo que ponerse al frente del negocio familiar cuando a su padre lo jubiló anticipadamente una angina de pecho que se lo llevó al cementerio de Prazeres.

            Tras darle un largo trago a la cerveza, directamente desde la botella, giré noventa grados hacia la izquierda, enfrentando mi cuerpo al del único cliente que estaba situado en la barra. El único también, que no había realizado el más mínimo movimiento, ni tan siquiera había separado la mirada de su copa de ginebra azul, cuando minutos antes entré en el bar. Cuando me acercaba a él, masticaba con parsimonia un pastel de bacalao que parecía que jamás había estado recién hecho.

            ─Póngale otra copa al capitán ─ordené a Nuno que aún seguía sin reconocerme.

            ─No necesito que nadie me invite a un trago ─sentenció seco el viejo.

            ─¿Ni siquiera yo?─ lo interrogué, obligándole a girarse para mirarme a la cara.

            Su expresión de desidia mudó de repente. Él sí que me reconoció al instante. Se volvió blanco. Transparente.

            ─¿Pero tú…? ─no era capaz de articular palabra─. Tú estabas…

            ─¿Muerto? ─le pregunté.

            Apenas fue capaz de acabar de masticar el pastel que acababa de llevarse a la boca cuando me miró, porque yo ya había sacado el cuchillo que escondía en el interior de la chaqueta, colocándoselo en el pecho. Tan solo había trascurrido un segundo, pero todos los parroquianos habían abandonado el bar a toda prisa al ver la faca. Los gritos de dolor y tragedia quedaron silenciados por el paso de uno de los camiones que entraba o salía del puerto. Me giré hacia Nuno, le di las gracias por el chivatazo. Él, aunque no había nadie en el local seguía haciendo como que no me conocía, al fin y al cabo había sido mi compañero de celda durante mucho tiempo y no quería más líos de los necesarios. Le había contado mi historia mil veces: como perdí mi trabajo de capitán en el Praia Doce años atrás por culpa de aquel viejo envidioso que me acusó de tráfico de drogas. Después vino la cárcel, mi caída en desgracia, y el supuesto suicidio en la costa de la cercana Sesimbra que el viejo observó con chulería desde el recién rebautizado San Gabriel.


Pero a veces el mar devuelve a los muertos para una última conversación.

jueves, 27 de julio de 2017

SOBRE ÁRBITROS COMPRADOS Y TESTIGOS INOCUOS


              Les prometo que fue casualidad, asique no busquen en el asunto más maldad de la necesaria. Estaba trabajando en mi casa, documentándome para un trabajo que estoy escribiendo, y tenía la mesa llena de copias de periódicos y publicaciones de prensa de la primera parte del siglo XIX. Ya saben: invasión napoleónica, Guerra de Independencia, Cortes de Cádiz… canela en rama. Pocas horas antes, esa misma mañana, me había sentado con una novela de un buen amigo a disfrutar del café cargado de todos los días, cuando recordé que nuestro insigne Presidente del gobierno estaba convocado a declarar ante un juez por un asuntillo de nada llamado, igual ni les suena, caso Gürtel. El que es uno de los mayores casos de corrupción política de todos los tiempos, y que está emponzoñando la política patria, poniendo a prueba la paciencia de todos los ciudadanos y dejando en muy mal lugar a una gran parte de la judicatura de este país. Fanática y partidista a manos llenas (lo del fiscal de anticorrupción corrupto es de película italoamericana de los años cincuenta).

            El caso, es que ese asuntillo “de nada” que envuelve al partido del gobierno me robó la atención de la novela que tenía entre mis manos durante el resto de la mañana. Quiso la casualidad que esa tarde, tras abandonar la actualidad política antes de que saltara la válvula, cayeran en mis manos unas de las publicaciones de las que hablaba arriba. El periódico en cuestión con el que trabajaba se titulaba El Duende Político o Tertulia Resucitada, fue una breve publicación que se editó en la ciudad de Cádiz durante algunos meses del año 1811. El artífice de que esa publicación saliera a la luz fue un clérigo llamado Miguel Cabral de Noroña, de corte bastante radical y poco dado a las medias tintas, lo que se demostró en la publicación del número once de su periódico, donde apareció un duro artículo contra el gobierno en el que se expresaba en los siguientes términos: «la inmoralidad, la corrupción y el desorden jamás tocaron al extremo espantoso y deplorable en que se hallan ahora (…), parece que una mano oculta, empeñada en el sacrificio de la patria, sostiene aún en el mando y en todos los destinos importantes a las personas más imbéciles y viciadas.» El artículo no es parco en descalificaciones y opiniones que más que dejar en mal lugar al gobierno de la época, lo despeñaba por completo, para terminar solicitando un cambio radical de la dirección que tomaba el país: «es preciso que hablemos claro: el gobierno que tenemos no puede salvarnos: que las Cortes le remuevan y pongan dignos patriotas a la frente de los negocios, o somos perdidos irremediablemente

            Como era lógico en la época ─y eso que aún no existía la Ley Mordaza que te puede sentar en la Audiencia Nacional a la mínima─, el fiscal Cano Manuel, que ya había tenido sus más y sus menos con Cabral de Noroña, vio su oportunidad para quitárselo de en medio y lanzó una acción judicial contra él, lo que propició no solo que el periódico en sí desapareciera del espacio público, sino que además obligó al clérigo Cabral a coger las de Villadiego y largarse a Filadelfia por si las moscas.

Pero a lo que iba, que me pierdo en pormenores de la historia. Como ven, lo de España como nido de corruptos, e inútiles con valija diplomática no viene de ahora ni mucho menos. Esto hace mucho que es un páramo para trepas y caraduras, pero hay épocas en las que se incrementa, o que al menos se nota más. A ver si me explico, cuando todos teníamos dinero para vacaciones y coches nuevos no parecía importarnos tanto que nuestros políticos se lo llevaran a manos llenas, pero cuando viene una crisis ─ya sea la actual o la que apareció durante la invasión napoleónica y la guerra de Independencia─ parece que ya no nos gusta tanto el asunto, y hasta nos lanzamos a la calle para algo más que celebrar un mundial de fútbol. Lo que sucede, creo fervientemente, es que no estamos aprendiendo nada, y cuando las cosas se arreglen y volvamos a tener dinero para vacaciones caribeñas y coches alemanes de última generación, olvidaremos toda la mili que llevamos a cuestas y estos cabrones ─u otros similares─ con balcones a la calle nos volverán a dejar las arcas huecas.

            Escribo esto no porque me haya levantado con el día cruzado, ni porque sea de un negativo que te rilas. Lo digo porque ya lo estamos haciendo. Porque el otro día se produjo una de las escenas más vergonzosa que se han producido en este país en los últimos años, con lo que eso significa en un país que arrastra vergüenzas de todos los colores, y es que un Presidente de gobierno haya tenido que ser llamado a declarar como testigo ─de momento─ en un caso de corrupción que emponzoña a toda la cúpula política de su partido, y a él como parte del mismo, desde hace más de veinte años, y parece que a todos nos da igual. Nos importa un testículo de palmípedo que nos roben y además se rían en nuestra cara, nos importa una leche que el juez y el fiscal que deben defender los intereses de todos los españoles se pasen este juicio ─y todos los demás de la causa aún abierta─ defendiendo los intereses de un partido político y de todos los particulares que lo forman. Porque hemos asimilado la corrupción y el mamoneo como algo normal. Lo hemos aceptado así porque ellos llevan queriendo que lo asimilemos de esa manera desde hace más de doscientos años. Y lo peor es que lo están consiguiendo: es algo normal que todos haríamos he llegado a escuchar en la barra de algún bar, y sé que lo piensan de veras.

El juicio de la Gürtel me recuerda, salvando las distancias oportunas, a las pachangas balompédicas ─o de algo parecido, a lo que denominábamos fútbol sin serlo─ que jugábamos en los recreos del colegio con los compañeros de clase, y con algún espontaneo de cursos superiores o inferiores ─siempre que éste fuera bueno con la pelota o accediera a ponerse de portero, puesto detestado por todos─, cada día del curso. Lloviera o hiciese un calor asfixiante. En esos partidos sin reglas fijas, pero férreas ─curiosidad de la anarquía futbolera de patio de colegio─, donde no había otro arbitro que el que dirigía el balón en cada jugada. Éste, el que dirigía el balón, podía gritar en cualquier momento y lugar del campo de juego ─pocas veces rectangular, y nunca simétrico─, que la entrada o roce que le había hecho el contrario era merecedora del máximo de los castigos, y aunque la refriega se hubiese llevado a cabo en mitad del campo, el chaval, agarrando el balón con las manos y quitándose de encima contrincantes, se ponía sobre el punto de penalti imaginario ─siempre demasiado cerca de la también imaginaria portería─ para cobrarse la pena que él demandaba como justa entre el abucheo de los contrarios, y el férreo apoyo de los suyos. Por el contrario, cuando ocurría a la inversa, y era el contrario el que recibía la falta, el golpe o la patada ─fuera simulada o le hubiesen partido en dos la tibia─ a un metro de la portería contraria, se las veía y se las deseaba para cobrarse el justo penalti, mientras que los compañeros ─casuales─ del equipo infractor gritaban a todo lo que les daba la voz eso de: «¡Árbitro comprado. Partido regalado!»


Es curioso como ya desde la más tierna infancia entendíamos a la perfección como iban a funcionar los asuntos políticos en este país. 

jueves, 13 de julio de 2017

RECUERDOS DE ITALPARK


En tardes como las de hoy paseaba por el parque Thays de Buenos Aires, y me imaginaba como pudo haber sido el asunto. El predio, realmente grande entre la avenida Libertador y las viejas vías oxidadas de la estación de Retiro, poco más allá, casi al alcance de las manos, las primeras construcciones amontonadas de Villa 31, construcciones estrechas de ladrillos mal colocados, unas paredes colocadas sobres las otras, una especie de subciudad dentro de la gran ciudad. Un Lagash, un Uruk o un Kish moderna. Un día caerá una de esas construcciones y se vendrá abajo toda la cuadra, o la mitad de la villa, un efecto dominó, vete a saber, y algunos de esos que hoy viven con la venda en los ojos se preguntarán cómo pudo haber sido. Pero nada es casual en las desgracias, ni en las construcciones de la Mesopotamia austral del siglo XXI, lo único que diferencia esta zona de las ciudades del Tigris y del Éufrates es que las autoridades no buscarán al arquitecto y tiraran abajo su casa por su error profesional como ocurría bajo las leyes mesopotámicas, aquí simplemente será una desgracia más, posiblemente tapada por el gobierno de turno. Seguramente olvidada días después.

Pero asuntos de venganzas y leyes históricas aparte, se me hace extraño pasear por el parque Thays sin imaginarme como habría sido ese predio treinta años atrás, cuando allí se levantaba el parque de atracciones ItalPark, uno de los puntos más visitados y deseados por los niños y jóvenes de la ciudad. Casi puedo escuchar los gritos ante las viejas atracciones, mientras huelo la mezcla de garrapiñadas, panchos o copos de nieve. Unos olores que según avanzo se van ensombreciendo, mezclándose con del humo del fuego que un día de agosto de 1989 destruyó la pista de autos Monza, y que pocos meses después se cebaría con el laberinto del terror. El humo se disipa de pronto, y es sustituido por el estridente sonido de las sirenas de emergencia, las que un 20 de julio de 1990 tuvieron que precipitarse por las avenidas cercanas en auxilio de dos jóvenes que salieron despediditas de una de las atracciones. Una falleció, y eso marcó el fin del mítico parque de atracciones porteño. Algunos decían que en el estado decrepito que ya se encontraba el parque, sin apenas mantenimiento, lo que había ocurrido era una tragedia anunciada. A alguien le tenía que tocar y les tocó a ellas. Una historia tan vieja que todos hemos escuchado alguna vez en algún lugar del mundo.

Muy lejos quedaban ya los años de esplendor del ItalPark, cuando en 1960 los hermanos Zanón abrieron un parque de atracciones mágico para la época, y que ocupaba el lugar donde estuvo el primigenio parque Japonés de la ciudad (antes de que éste se fuera a los bosques de Palermo donde sigue en la actualidad). El nombre extraño tal vez, no lo es tanto si se tiene en cuenta la cantidad de inmigración italiana en la capital de la Argentina ─los dueños lo eran─, además las máquinas, las atracciones, parece ser que eran traídas desde el país europeo. Las primeras dos décadas del parque fueron de un éxito rotundo, cada pocos años presentaban novedades que dejaban boquiabiertos a los jóvenes de la ciudad; primero toboganes y calesas, después llegaron las máquinas mecánicas, las pistas de autos de choque, o la montaña rusa.

Pero el accidente mortal no solo acabó con la vida de una chica de quince años, sino que también lo hizo con el parque. Los años noventa fueron los años de la hiperinflación, que una década después acabaría como acabó, y el mantenimiento del parque era una tarea casi imposible para los dueños y sus cuentas apresadas bajo el pesado Corralito. Las indemnizaciones sancionadas por la justicia tras el accidente mortal dieron la puntilla a ItalPark, que cerraría definidamente en noviembre de 1990.

El predio quedó abandonado durante un tiempo, en su interior las atracciones se cubrían de óxido y olvido, la vegetación avanzaba y recuperaba lo que un día fue de ella. Un buen día el gobierno local decidió que ese macabro recuerdo ─cuyas imágenes recordaban demasiado al parque de atracciones abandonado de Prípiat, después del desastre nuclear de Chernóbil─, fuera borrado del mapa porteño. Se pensó en abrir un nuevo lugar de recreo, aunque también asomó la afilada sonrisa de pelotazo urbanístico. Al final se decidió que el enorme solar lo ocupara un nuevo pulmón verde, un enorme parque. Inaugurado en 1998, sería bautizado con el nombre del arquitecto y paisajista francés Carlos Thays, el cual realizó la mayor parte de su trabajo en la capital porteña.